El arte de ser feliz
En esta charla luminosa y directa, Antonio Blay nos introduce en una comprensión profunda y transformadora de la felicidad. Lejos de presentarla como un ideal lejano o como un premio condicionado por circunstancias externas, Blay nos muestra que la verdadera felicidad no se encuentra fuera, sino en la raíz de nuestro propio ser.
Con una claridad desarmante, desmonta las creencias habituales que nos hacen depender del mundo exterior y nos invita a redescubrir lo que ya somos: expresión viva de la plenitud divina. A través de una reflexión sencilla y a la vez radical, nos guía hacia la posibilidad de vivir desde dentro, desde el centro, desde lo esencial.
Esta charla no solo ofrece una visión inspiradora, sino también una vía práctica: la apertura consciente a la presencia de Dios en uno mismo, como fuente inagotable de paz, amor y sentido. En un tiempo en que muchos buscan sin hallar, Blay nos recuerda que no se trata de seguir buscando, sino de dejar de huir de lo que ya está: una felicidad que no se conquista, sino que se reconoce y se expresa.
A nivel de la vida espiritual, hemos de hablar de algo que parece utópico y que, sin embargo, está inmediatamente al alcance de nuestra conciencia. Es lo que podríamos llamar el arte y la ciencia de la felicidad.
Se suele considerar que la felicidad es algo de otro mundo, que en esta vida es imposible encontrar nada que sea realmente y definitivamente pleno. Pero esto se dice contando únicamente con el modo normal de funcionar.
Nosotros estamos destinados a vivir la felicidad, a vivir la plenitud. La más grande felicidad que podamos soñar es nuestro destino, porque es nuestro origen, es nuestra fuente. La naturaleza de nuestro ser, la identidad profunda de nosotros mismos, está hecha de felicidad, porque somos expresión directa de la felicidad de Dios, del Absoluto.
Como siempre, el problema está en que nosotros creemos que la felicidad debe ser el producto de algo: que ha de venir como consecuencia de cumplirse una serie de requisitos, de exigencias, de condiciones que nosotros mismos imponemos a la vida. Yo me he hecho una idea de mí mismo, una idea de la vida, y creo que solo en la medida en que se cumplan los deseos, los proyectos óptimos que tengo sobre mí, sobre los demás y sobre mi situación vital, solo entonces podré ser feliz. Este es un error de base.
La felicidad no está nunca en el mundo, no viene de fuera, no procede de nada ni de nadie. La felicidad está en la fuente de nuestro ser, está en la mente divina que nos está haciendo existir. Es la naturaleza más profunda de nosotros mismos. Y estará presente en la medida en que nos obliguemos a cultivarla, a abrirnos a ella.
No es algo que tenga que venir de fuera, sino que se produce en nosotros cuando dejamos de buscarla en el sitio erróneo.
Lo primero que deberíamos meditar largamente es esto: que todo el placer, toda la satisfacción que pueden darnos las cosas, las personas, las situaciones… no son más que una pequeña partícula de la felicidad absoluta, que es Dios.
No se trata de otra felicidad. No es que tengamos que renunciar a una para que en cambio se nos dé otra «mejor». No.
La misma felicidad que creemos encontrar en un amor pleno y correspondido, en un clima ideal de amistad, en una buena música, incluso en una buena comida… incluso en las experiencias más elementales de nuestra vida… esa misma felicidad, en grado absoluto, es Dios.
No otra felicidad.
Toda felicidad que vivimos es expresión de la única felicidad que existe: la absoluta. Lo que sucede es que nosotros nos limitamos a desear una forma de felicidad, una versión concreta, a través de unas circunstancias determinadas. Y esa condición que ponemos es la que nos mantiene pendientes de modos particulares de querer, de ser, de vivir.
Eso es, justamente, lo que limita nuestra capacidad de descubrir y de realizar la verdadera felicidad.
Las cosas —incluso las mejores de la vida— solo despiertan en mí algo de esa felicidad. Despiertan, pero no producen. Porque la felicidad, en su origen, ya está en mí.
No me lo dan, sino que lo despiertan. Lo actualizan. Yo tendría que meditar sobre la naturaleza del bien, de lo agradable, del bienestar que busco en la vida.
Y tendría que poder descubrir cómo este bien que busco es una expresión del mismo Dios que me está animando, que me está dando vida y conciencia, que se expresa como vida y conciencia en mí. Cuando yo pueda ver que Dios es la felicidad absoluta, inalterable, y que ese Dios está presente en mí —que está pidiendo ser reconocido, que yo me abra a Él—, entonces ya no tendré que ir corriendo detrás de situaciones, ni huyendo de otras, porque descubriré que nada puede darme lo que ya está en mí desde siempre.
Aprenderé a amar a ese Dios que está en mí, como está en todas partes, y a abrirme a esa presencia que es amor y felicidad.
Entonces, la vida interior no será una vida de obligación, de esfuerzo, de estrés, sino una vida de expansión de conciencia plena. Será una vida de constante descubrimiento de un nuevo modo de vivir feliz.
Lo que es imposible es que yo pueda vivir esta felicidad, que pueda tomar posesión de esta herencia que es mía, que me está siendo dada en cada momento, si al mismo tiempo estoy creyendo que he de encontrarla en otro sitio, o que he de realizarla mediante condiciones exteriores, o a través de que las personas se comporten de cierto modo, o que las circunstancias me sean propicias en un sentido u otro. Eso es lo imposible.
Por eso es tan importante que yo aprenda a aclararme sobre qué es la felicidad y dónde puedo buscarla, cómo funciona este circuito de la felicidad.
La felicidad ocurre como la vida, como el impulso vital. El impulso vital nunca me viene dado desde fuera. Es la esencia misma, el centro de mi ser, y tiende a irradiarse. Y, a medida que se expresa, que se exterioriza de forma inteligente, el amor-felicidad actúa del mismo modo.
En la medida en que le doy paso, en que lo expreso, lo cultivo, lo acepto, en que no le pongo límites, en esa misma medida crece —igual que ocurre con la inteligencia. En la misma medida en que la ejercito, en que la expreso, crece.
Nosotros, sin darnos cuenta, aplicamos el criterio material, creyendo que estas cualidades básicas son algo que, como en lo físico, se adquieren por posesión acumulativa. Pensamos que han de venir del exterior, y que, reteniendo determinadas cosas exteriores, entonces retendremos cierta felicidad o bienestar. Y aplicando este criterio es como nos encontramos con fracasos continuos.
Nunca la felicidad nos vendrá por nada exterior —aunque es cierto que el exterior puede despertar en nosotros cierto grado de felicidad, en un momento dado.
Pero entonces nos aferramos a aquello que nos la despertó. Queremos poseer, retener esa cosa exterior, esa circunstancia, esa persona, porque estamos exigiéndole que siga produciendo en nosotros esa felicidad que un día despertó. Y eso no puede seguir ocurriendo, porque la cosa nunca nos dio nada. Lo que hizo fue despertar algo que ya estaba en nosotros.
Y, por lo tanto, o bien he de buscar constantemente nuevas cosas que vayan despertando distintos grados y modos de felicidad —renovándome y transformándome continuamente, tanto por dentro como por fuera—, o bien he de dejar de buscar estímulos en el exterior para ir directamente a la fuente.
Descubrir que el modo de desarrollar la felicidad está en darle paso, en obligar a que se manifieste en mí, de la misma manera que puedo aprender a tomar el calor del sol colocándome conscientemente bajo sus rayos.
Si yo me centro en la noción —en la intuición— de que Dios es la felicidad, y de que Dios es, al mismo tiempo, la fuente que me está comunicando mi propia vida en todas sus manifestaciones, entonces puedo mantenerme centrado en esa presencia de Dios como felicidad y amor absolutos.
Si me mantengo en relajación interna, contemplando y dirigiéndome afectivamente a este Dios-amor, es exactamente como si estuviera permitiendo que ese amor, esa felicidad, me llenaran desde dentro, y que después pudieran irradiarse hacia afuera.
Este es el secreto de la felicidad: no llega por acumulación ni por posesión de nada. Solo llega por el reconocimiento de la fuente —de nuestra propia fuente— y por la apertura de la mente, del corazón y de la voluntad a esta presencia de Dios en nosotros.
Este cambio —el de dejar de esperar algo de las cosas y pasar a dejar de depender de ellas— es lo que cuesta. Es un cambio de actitud que exige disciplina. Y hay que obligarse a hacerlo si uno intuye que es así. Obligarse el tiempo que sea necesario —y no será mucho— hasta que uno pueda comprobar que esto realmente funciona, hasta que pueda sentir esa presencia cálida y gozosa dentro de uno mismo.
No hay que hacer nada más que esto: meditar en la naturaleza de Dios como amor absoluto; mantener viva esa intuición en nuestra mente; relajar la mente, el sentimiento y la voluntad; y permanecer en silencio, abiertos, ante la presencia intuitiva de Dios en nosotros. Este es el camino. Este es el medio concreto para descubrir cómo esta felicidad, esta plenitud, este amor están ahí en todo momento, y cómo solo esperan que nos pongamos receptivos y disponibles para poder expresarse, sin necesidad de ningún estímulo exterior.
Esta práctica nos hace independientes del mundo exterior. Nos libera de la dependencia de las situaciones y de las circunstancias. Hay que llegar al momento en que uno sienta ese amor, esa felicidad, ese calor especial que viene realmente de otro mundo, con una calidad totalmente distinta de todo lo que yo puedo fabricar con mi mente.
Y esta es la experiencia básica de la vida espiritual: descubrir experimentalmente que hay una presencia activa, viviente, cálida, inmensa, dentro de nosotros. Una presencia a la que podemos abrir paso en nuestra mente, en nuestro corazón, incluso en nuestro cuerpo, y permitir que este mismo amor invada toda nuestra personalidad, que dirija incluso nuestra acción y nuestro día.
Al principio, esto hay que hacerlo en momentos separados de la vida cotidiana, porque no estamos adiestrados para mantener la atención simultáneamente dentro y fuera. Por eso, es aconsejable dedicar diez minutos, un cuarto de hora, a esta práctica de centramiento y apertura creciente a Dios.
Después de esta práctica, conviene renovar esa presencia viviente: evocar lo que uno ha hecho por la mañana; tener un diálogo breve pero sincero con este Dios presente; hacer pequeños momentos de silencio receptivo a lo largo del día. Pero que la práctica estable se haga día tras día, y, si es posible, dos veces al día.
Cuando descubrimos que hay esta presencia viviente en nosotros, cada acto de nuestra vida cambia. Es como si descubriéramos que la vida tiene una dimensión que hasta ahora no habíamos percibido: una dimensión de profundidad y una riqueza de calidad que hace que las situaciones dejen de tener tanta importancia por sí mismas. Se ven simplemente como medios para expresar esa felicidad, ese amor, ese calor, esa luz interior.
Entonces ya no hay situaciones pequeñas ni grandes. Llega a instalarse una actitud indiferente —relativamente hablando— ante las situaciones exteriores, porque toda situación es extraordinariamente importante. Pero su importancia no proviene de lo que espero de ella, como suele ocurrir, sino del modo de vivirla. Y si el modo de vivir cada situación es pleno, luminoso, interior, entonces cada momento adquiere una importancia máxima. No por la situación en sí, sino por ser un instante, un medio, una oportunidad para renovar y expresar eso que siento.
Podríamos decir que el sentido de nuestra vida está en buscar la felicidad, y que vamos tropezando con obstáculos y desengaños hasta que descubrimos dónde está esa felicidad: justo en el extremo opuesto de donde la estábamos buscando.
La felicidad no está en el objeto, sino en la raíz del sujeto. No está en el tú, ni en el ello, sino en la base del yo, allí donde Dios está haciendo que yo sea yo.
Cuando esto se cultiva, cuando se convierte en una experiencia vivida una y otra vez y se va prolongando en el tiempo, el sentido de la vida cambia. Ya no busco, ya no estoy intentando, a través de las situaciones, obtener un poco más de afirmación, un poco más de tranquilidad o de paz. He descubierto que todo eso ya está en mí, a mi disposición. Y que solo necesito autorizar esta presencia de Dios en mí y abrirme a ella para sentirme más y más lleno de esta paz, esta fuerza, esta plenitud interior.
Entonces, la vida ya no es una búsqueda, sino una expresión constante de esta plenitud. Ya no quiero nada, no busco nada del mundo ni de las personas. Ya no estoy pendiente de si me alaban o no me alaban, si me aceptan o no me aceptan, si me resultan simpáticos o no. Dejo de vivir en el riesgo constante de ser rechazado, de ser criticado, de tener éxito o de fracasar.
Sé que mi único éxito está en la realización de esta plenitud divina en mí. Y sé que este éxito está asegurado, porque tengo el medio constantemente en mí, y lo puedo cultivar momento tras momento. Dejo de vivir angustiado.
Entonces, la vida se convierte en una especie de juego recreativo. Por un lado, un gozo: el gozo de ir expresando, en cada circunstancia, una modalidad de esta plenitud. Y por otro lado, un medio de ser realmente útil a los demás: un medio de auténtico servicio.
Servir a los demás quiere decir ayudarles a que sean más ellos mismos, ayudarles a que, de algún modo, vayan encontrando más y más esa autenticidad y esa plenitud. No se trata de que yo tenga que convertir a los demás según lo que pienso o lo que vivo. No necesito que los demás acepten mi modo de ver.
Sé que todos estamos destinados a esta plenitud. Sé que lo que es el origen de nuestra existencia es también su fin, su objetivo. Y que nadie se puede perder por el camino.
En la vida, el drama solo existe cuando yo creo que se va a perder algo fundamental.
Pero si sé que siempre se va a ganar lo fundamental, si estoy realmente convencido de ello, desaparece toda posibilidad de drama. Y entonces la vida se convierte en un juego escénico, en una representación recreativa. Yo tendría que poder examinar mis actitudes en la vida diaria y ver si soy consecuente con este principio: que la plenitud está a mi alcance abriéndome a Dios presente en mí.
Tendría que ir reconquistando esas tendencias que hay en mí, producto de muchos años de vivir de una manera identificada, extrovertida, e ir rectificando mis actitudes. De tal manera que, en el objeto, yo no busque nunca mi afirmación. Que no busque otra afirmación que la afirmación absoluta de Dios en mí. Que no busque en el mundo ni en las personas ninguna felicidad, sino que busque la felicidad en la felicidad absoluta que es Dios en mí. Y he de ir repasando mis actitudes para ver cómo yo, a pesar de ver esto en un momento dado y a pesar de practicarlo en un momento dado, en mi vida diaria todavía conservo la inercia de estar esperando de las personas ciertas cosas para mí, o de estar deseando del futuro algo que me haga más feliz.
Nada puede hacerme feliz si no es abrirme a Dios en mí. Nada puede darme plenitud, felicidad, luz o paz si no es el abrirme a Dios en mí. He de ser consecuente, pues, con esto.
El sentido de la vida no es solo el sentido de la vida en general, es el sentido de cada instante de la vida. Y si yo no vivo este sentido en cada instante, no puedo realizar el sentido de la vida. En mi etapa de búsqueda, el sentido de la vida es encontrar la plenitud. Y si este es el sentido de la vida, este es también el sentido de cada momento de la vida, de cada circunstancia de la vida. Porque “la vida” es un término demasiado general. Si me conformo con esta idea general, descubriré que mi conducta particular está muy lejos de ese objetivo general. Es convirtiéndolo en objeto efectivo del ahora y del momento siguiente que yo llenaré, cumpliré, realizaré ese objetivo. Por lo tanto, es una consigna de cada momento: ¿estoy realmente abriéndome a lo que es la plenitud, la felicidad, el ser, la verdad? ¿O estoy esperando que algo o alguien me dé un poco más de afirmación, de satisfacción o de plenitud?
La práctica de la meditación y de la presencia, hecha de esta manera por la mañana, permite ir rectificando esta perspectiva. Pero hay que obligarse a hacerla en detalle. Al principio, esto puede darnos la impresión de que nos aísla de las personas, de que incluso disminuye el estímulo, el interés o la motivación que antes teníamos. Y es que, ciertamente, cambia la motivación, pero cambia para mejorar.
Cuando yo puedo hacer algo que debo hacer por mi circunstancia, no porque estoy esperando de ello mi éxito o fracaso, sino porque a través de esa acción puedo expresar algo que vivo, entonces esa acción será para mí mucho más intensa, más plena y mejor que si la realizo con la preocupación de si saldrá bien o mal. Nosotros somos como instrumentos conscientes e inteligentes en manos de Dios, para poder expresar un poco más su plenitud en la tierra. Somos canales para poder iluminar, mediante su acción a través de nosotros, un poco más a los demás.
No es porque yo tenga que enseñar nada, ni porque tenga que cambiar o iluminar a nadie, sino simplemente porque dejo que Dios, a través de mí, haga su trabajo de redención, su trabajo de iluminación. No soy yo quien hace; soy yo quien deja que Dios haga en mí y a través de mí. En el momento en que yo personalmente creo que soy yo quien hace algo, estoy acortando esta apertura hacia Dios, estoy cerrando la puerta de entrada de Dios en mí.
Para que Dios actúe en mí, es preciso que yo mantenga mi mente y mi afectividad abiertas a esta presencia. Y en el momento en que digo: “soy yo quien valgo”, “soy yo quien ha hecho algo bueno”, en ese mismo momento en que afirmo mi realidad como individuo, como personalidad, estoy desconectándome de la presencia, así como me desconecto también de todo el resto. Por eso, es a través de una actitud sencilla pero total, de una humildad con toda nuestra fuerza, como hemos de vivir esta presencia y darle salida a través de nuestra inteligencia, de nuestra energía, de toda nuestra capacidad para vivir las situaciones con realismo.
Toda vida adquiere entonces un sentido nuevo. Ya no está el sentido en realizar grandes cosas o en tener éxito. La vida más aparentemente minúscula o aislada puede adquirir una significación enorme cuando se convierte en un canal de transmisión de un poco más de luz, de fuerza, de paz, de gozo para los demás.
Es un trabajo que, al mismo tiempo que va haciendo más felices a los demás, nos va transformando a nosotros. No se trata de vagos sentimentalismos; se trata de algo tan real como nuestro cuerpo físico, de algo tan real como las cosas más reales que existen, porque las cosas más reales que existen son expresión de ese mismo Dios, que es amor, felicidad absoluta. No he de tener una actitud sentimental, en el sentido peyorativo que suele darse a esa palabra, al tratar con los demás.
He de tener una actitud entera, sólida, masiva, pero con una gran apertura interior a Dios presente. Y entonces, dentro de esa actitud decidida, clara, sólida, fuerte, se filtrará algo. Algo que el otro percibirá, o de lo que se beneficiará, aunque a veces ni siquiera se dé cuenta. Algo que será una auténtica ayuda de Dios, sin que yo mencione nada relacionado con la vida espiritual. Sin necesidad de mostrarme como apóstol ni como divulgador de ninguna ideología. Es algo secreto. Es algo que es solo para Dios y para mí.
Pero debo dejar el máximo espacio disponible para que Dios haga su trabajo a través de mí. El fundamento, lo repito una vez más, es esta receptividad durante la práctica de meditación, oración, silencio… hasta que aparece esa conciencia nueva, algo más grande que nos invade, que se manifiesta en nosotros. Puede adoptar formas muy diversas, según las personas.
Puede no tener ningún carácter espectacular. Suele ser al principio algo muy sutil, muy suave, pero siempre tiene una calidad superior. Siempre es algo que nos hace sentirnos más ligeros, más libres, más liberados.
Esta experiencia está al alcance de todos. Dios no tiene ningún reparo. Toda persona que tenga una aspiración sincera y que intuya la existencia y la presencia de Dios en todo, tiene a su disposición esta experiencia.
Esta experiencia es el comienzo de una auténtica vida espiritual. La vida espiritual no consiste en creer, ni en hacer determinadas cosas. Eso puede constituir una vida moral, correcta, incluso mejor desde cierto punto de vista. Pero la vida espiritual solo empieza cuando hay experiencia espiritual.
Y experiencia espiritual es cuando yo siento en mí, de un modo real e inconfundible, que algo más grande que mi propia conciencia me está tomando en sus manos, me está empujando, me está conduciendo, me está poseyendo, me está expresando de algún modo. Esta es la práctica fundamental. Esto es lo que debemos buscar y cultivar.
No es cuestión de tiempo, es cuestión de sinceridad. La experiencia está al alcance inmediato de todos. Pero hay que estar ahí. Hay que ir a por ello. Que sea todo yo quien trate de estar frente a este Dios que está presente y actuante en mí.
Hay que ir con sentido y con simplicidad. No formarme ninguna idea de Dios, porque no puedo formarme ninguna idea. Solamente sé que Dios es lo positivo en grado absoluto. Pero no puedo darle una forma, una configuración, porque Dios está más allá de toda configuración. En cambio, sí puedo ver, puedo intuir, que Dios es lo mejor que yo conozco en la vida, en grado absoluto. Porque todo lo que hay en la vida es expresión de este Dios.
Por lo tanto, Dios es eso mismo en grado absoluto, aunque sea también muchas más cosas que todavía no conozco. No nos lamentemos de los problemas. No nos lamentemos de las circunstancias, ni de las enfermedades. No nos lamentemos. Trabajemos para abrirnos a la fuente. Trabajemos por la única solución real.
Con esta práctica, todos los problemas de inseguridad, de tensiones, de depresiones, de dudas, todos los problemas de neurosis, de fobias, de filias, todo se desvanece como se desvanece el hielo a la luz del sol. Todos los problemas existen solo por defecto de esta presencia divina, porque lo positivo ha dejado de expresarse con intensidad. Y todo lo negativo no es más que la negación temporal de lo positivo. Todos los estados de miedo, de angustia, no son más que ausencia de conciencia de ser. Todos los problemas son ausencia de Dios.
Con la presencia de Dios, todos los problemas psicológicos se derriten, desaparecen. Tenemos que abrirnos a esta presencia. Hemos de cultivarla. Hemos de vivir a la luz de esta presencia. Y vivirla interiormente, vivirla como algo presente y activo dentro de nosotros, cultivando esta práctica inicial de silencio receptivo a Dios presente.
Esta práctica no solo nos llenará de paz y de armonía interior. Es que esta armonía interior se traducirá, sin darnos cuenta, en una armonía exterior. Todas las cosas que vivimos habitualmente son exteriorización de nuestro estado de conciencia. La conciencia no es solo algo que está dentro de nosotros, sino también algo que se expresa fuera de nosotros. Y las cosas, tal como están estructuradas a nuestro alrededor, son también cristalización material de nuestra conciencia interior. Cuando nuestra conciencia se ensancha, se eleva y se transfigura en la presencia de Dios, esto produce un cambio en la conciencia exterior. La conciencia interior iluminada da como fruto una armonía exterior.
Armonía en las cosas, en las personas, en el cuerpo, en todo. Y entonces veremos cómo las circunstancias cambian. Veremos cómo las personas actúan de un modo distinto en relación con nosotros, sin que hagamos nada especial, porque cuando queremos intervenir, ya estropeamos, ya interferimos.
Se trata de dejar que esa plenitud, esa paz profunda de Dios en nosotros, sea ella misma la que vaya produciendo sus resultados. Y es manteniendo esa presencia activa como todo se va transformando. Todo lo que vivimos es fruto de la conciencia.
Y cuanto más la conciencia está elevada, abierta, sintonizada, unificada con Dios presente, más los frutos que surgen serán de la misma cualidad que ese Dios presente. Más desaparecen las inarmonías, los aspectos negativos, los conflictos, las contradicciones. Lo exterior es un reflejo de lo interior.
En un árbol, los frutos que aparecen no vienen del exterior: salen del interior. Nosotros somos como el tronco del árbol, y todos los frutos que brotan —las cosas que nos rodean, nuestras circunstancias, nuestras relaciones— son exteriorización de lo que circula por dentro del tronco. Y en la medida en que la conciencia interna es realmente superior, está iluminada por la presencia de Dios, en esa misma medida los frutos serán también frutos iluminados, frutos armónicos.
Creemos que lo exterior es independiente, que no depende de nosotros. Pero todo lo que existe es porque una conciencia lo ha estado creando. Y otras conciencias, como las nuestras, lo han retenido o lo han atraído. Cada persona tiende a atraer aquello que está en sintonía con su nota de conciencia. Por eso vemos personas con muchos conflictos interiores que, vayan donde vayan, siempre se encuentran con conflictos.
Personas con mentalidad estrecha vivirán de forma estrecha, aunque tengan mucho dinero. En cambio, hay personas con una conciencia más amplia, y aunque sus medios materiales sean escasos, vivirán de forma amplia. Porque lo exterior se configura según lo interior; es su efecto.
Y en la medida en que nuestra conciencia se eleva, se ensancha, se mantiene abierta a esta presencia activa de Dios, veremos cómo todas las cosas exteriores van cambiando por sí mismas, sin que tengamos que hacer nada especial para ello. Y esto nos recuerda aquella frase tan repetida, tan poco comprendida y, sobre todo, tan poco practicada del Evangelio: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura». Esto es una ley exacta.
Es algo de lo que podemos beneficiarnos todos nosotros, en lugar de andar como locos por el mundo, buscando las cosas que llamamos buenas y tratando de evitar las que llamamos malas. Es manteniéndonos abiertos a la presencia de Dios como todo esto será hecho por nosotros, sin que tengamos otro esfuerzo que hacer que el de mantenernos fieles, abiertos, conscientes y disponibles a esta presencia activa de Dios en nosotros.
IDEAS PRINCIPALES
🟡 1. La felicidad como naturaleza esencial
La felicidad no es un ideal inalcanzable, sino una realidad accesible desde la conciencia.
Es nuestra verdadera naturaleza, porque somos expresión directa de la plenitud divina.
El error común es creer que la felicidad depende de condiciones externas.
🟡 2. La fuente está dentro
La felicidad no procede de nada ni de nadie: ya está en nosotros, en la raíz del sujeto.
Las cosas exteriores no nos dan felicidad: solo la despiertan, la actualizan.
Dios es la felicidad en grado absoluto, y está presente en todo lo que vivimos como bien.
🟡 3. El error del criterio material
Creemos que la felicidad se acumula o se posee, como un objeto externo.
Esto nos lleva a depender de situaciones, personas o resultados.
Esta creencia genera frustración, inseguridad y conflicto.
🟡 4. Cómo se activa la felicidad
La felicidad crece como la vida y la inteligencia: cuando se expresa, se comparte, se cultiva.
No es algo que se recibe pasivamente, sino que se despierta desde dentro.
🟡 5. El centramiento como práctica
La técnica consiste en abrirse conscientemente a la presencia de Dios como amor y felicidad absolutos.
Requiere:
Relajación de mente, sentimiento y voluntad.
Silencio receptivo.
Intuición viva de la presencia divina en uno mismo.
Con la práctica, esta presencia se vuelve cada vez más palpable y activa.
🟡 6. Efectos de esta apertura
Independencia interior respecto al mundo exterior.
Transformación espontánea de las circunstancias (ley de resonancia).
Cambio en el modo de vivir: de buscar a expresar.
La vida deja de ser un campo de lucha y se convierte en un juego, una celebración, un servicio.
🟡 7. Servicio auténtico
Servir a los demás es ayudarles a ser más ellos mismos, no convertirlos según nuestras ideas.
No se trata de enseñar ni convencer, sino de dejar que Dios actúe a través de nosotros.
🟡 8. El drama desaparece
El drama solo existe cuando creemos que podemos perder algo fundamental.
Si vivimos en conexión con lo esencial, nada se pierde: todo está en orden.
Esto da lugar a una vida sin angustia, con sentido profundo en cada instante.
🟡 9. Vivir cada momento como plenitud
La plenitud no es una meta futura: es el sentido de cada momento vivido con conciencia.
Ser fiel a esta apertura transforma nuestra actitud, nuestras acciones y nuestras relaciones.
🟡 10. La experiencia espiritual como inicio real
La verdadera vida espiritual comienza cuando hay experiencia directa de esa presencia.
No se basa en creencias, teorías o prácticas externas, sino en el reconocimiento vivido de lo divino en uno mismo.
